
Volveré a aprovechar la más mínima excusa para sacar a Nacho a pasear y seguir jugando con el género. Ya que no podemos escapar de él, por lo menos divirtámonos un poco, ¿no?
Todxs nacemos desnudxs. El resto es drag.
Una vez que el virus king ha sido activado en cada participante, actuará, como sospecha de género, más allá del taller extendiéndose a la vida cotidiana y provocando modificaciones en todas nuestras interacciones sociales. El saber drag king no es la conciencia de ser un imitador de la masculinidad en medio de cuerpos anónimos de hombres y de mujeres, de hombres de negocios y carteros, de madres de familia que empujan carritos, de jóvenes que pegan patadas a los cubos de basura, sino de percibir, por primera vez, a los otros, a todos ellos, como efectos más o menos realistas de repeticiones performativas descodificables como masculinas o femeninas. Al caminar entre sus cuerpos anónimos, sus masculinidades y sus feminidades (al mismo tiempo que la mía) aparecen, por primera vez, como caricaturas de las que, ellos solos, gracias a una convención tácitamente pactada, parecen no ser conscientes.Beto Preciado, en Testo Yonqui
La performance de género de un drag-king no es una mera representación escénica (para la que basta con un bigote y un traje), sino el resultado de un proceso de aprendizaje formativo determinado por una serie de circunstancias personales, materiales y sociales. Si las acciones de las dragqueen producen risas o censuras es porque ponen de manifiesto los mecanismos performativos, de repetición, a través de los cuales se produce la ficción de una relación estable entre sexo y género (Butler, 1990). Si las drag-queen parodian la feminidad entendida como «esencia» de las mujeres (biológicas), los drag-kings al reírse de la masculinidad, evidencian la férrea resistencia que existe en la cultura hegemónica a aceptar la masculinidad en términos de performance. La cuestión radica en que la masculinidad, como convención de estilos que se puede manipular, descontextualizar y deformar para provocar efectos no previstos, está asociada al poder (Halberstam, 1998). La masculinidad, en otras palabras, es el estilo del poder. Es cosa de hombres. Y al poder no le gusta que se rían de él, y menos que lo tomen al asalto. En el Estado español, esa resistencia se refleja en la poca difusión que la cultura drag-king ha tenido hasta ahora. En los últimos años, sin embargo, se han realizado varios encuentros, fiestas y talleres de drag-kings. Los drag-kings, como la cultura butch-femme, son revulsivos queer cargados de erotismo e irreverencia ante cierto feminismo normativo (y lesbófobo), ante un lesbianismo feminista horrorizado en general ante las plumas, los roles, los dildos..., ante un movimiento «gay» pulcro y normalizador, y ante una sociedad que insiste en ver a las minorías sexuales como simples copias defectuosas del modelo heterosexual.Gracia Trujillo
Todos nacemos desnudas. El resto es drag.
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