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La marca de género

Monique Wittig (Alsacia, 1935-Arizona, 2003), de la que ya he hablado en este blog, se propuso a lo largo de su obra destruir la categoría de sexo/género/deseo en el lenguaje. De hecho, su texto mítico L'Opoponax (1963) está redactado desde el pronombre personal francés on, que no tiene género ni número. Por otro lado, en Las Guerrilleras (1969), hace uso del pronombre elles, sin intención de escribir acerca del sujeto femenino, sino del sujeto universal, que en El cuerpo lesbiano se convierte en un j/e.

[El j/e] no es un yo destruido. Es un yo que se ha vuelto tan poderoso que puede atacar el orden de la heterosexualidad en textos y asaltar al así llamado amor, a los héroes del amor, y lesbianizarlos, lesbianizar a los símbolos, lesbianizar a dioses y diosas, lesbianizar a hombres y mujeres.
Monique Wittig, La marca de género

En diferentes partes de su obra, Wittig considera que el lenguaje es neutro y que lo que es sexista es el uso que hacemos de él. Este pensamiento es atractivo, pero sus continuas referencias a una lengua previa a la Ley le hacen caer en algunas contradicciones y me hacen sospechar, como de todos los feminismos que buscan y buscan ese periodo previo al patriarcado, anterior y fuera de la Ley.

Monique Wittig piensa que el femenino sólo existe como marca de género, visibilizando su sexo de esta forma, mientras que el masculino es el elemento universal, el elemento no marcado. La eliminación de la imposición de género instaura, pues, la homosexualidad y universalidad en el lenguaje. La expresión escritura femenina, tan defendida por Luce Irigaray (y otras autoras francesas, como Hélène Cixous) sería, para Wittig (pdf), "defender justo aquello contra lo que su pensamiento y su texto se dirige, es decir, la existencia de una humanidad diferenciada social y políticamente en sexos dicotómicos y marcada en el lenguaje por el género gramatical".

Wittig considera que la distinción de género, de ambos sexos, es una estrategia de un lenguaje sexista, asegurándose de la presencia del sexo masculino mediante la producción del género que lo niega, el femenino. El género masculino, por tanto, 'es', mientras que el femenino 'es lo Otro' y se queda en la mera diferencia. Otra feminista francófona contemporánea, Luce Irigaray (belga residente en París, 1932), representante clave del feminismo de la diferencia, respondió en 1985 con Parler n'est jamais neutre a esta afirmación. Irigaray sostiene que "el sexo femenino no es una carencia ni un Otro que inherente y negativamente define al sujeto en su masculinidad. Por el contrario, el sexo femenino evita las exigencias mínimas de la representación, porque no es ni Otro ni carencia, pues esas categorías siguen siendo relativas al sujeto sartreano" (fuente).

De esta forma, Wittig se propone la eliminación de marca de género en el lenguaje, mientras que Irigaray defiende una política de enunciación femenina y feminista. Mientras que me resulta mucho más atractiva la perspectiva de Wittig, entiendo la importancia de la visibilidad derivada del discurso de Irigaray, aunque el uso estratégico de la categoría de sexo/género/deseo corra el riesgo de ontologizar los discursos: como todo lo estratégico, da miedo terminar por creerlo verdad.

Vosotras, vosotros, vosotrxs, ¿con qué os quedáis?


Margaret


Es más fácil tener que ser.
Margaret

Llevo mucho tiempo interesada en las teorías acerca de la construcción identitaria. Anteayer me leía Construcción de la subjetividad femenina, una recopilación de Almudena Hernando (2000) de las ponencias del seminario homónimo que el Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense celebró en Madrid.

Al mismo tiempo que leía el ensayo con que la propia Dra. Hernando había contribuido a la edición, me choqué con el "Corto de la semana" del diario El País: Uniformadas, de Irene Zoe Alameda. Para quien no tenga tiempo o ganas de ver los doce minutos de cortometraje, aquí se puede ver el tráiler. Uniformadas sigue a una niña de ocho años que se enfrenta a una educación encorsetada en los esquemas de género y que, enfrentada a mensajes contradictorios y atraída por una compañera de clase a la que besa...

-Ven conmigo al armario.
-¿Para qué?
-Tú ven, que te voy a contar un secreto.

... se siente tremendamente confusa.

-Margaret, what do you want to be when you become a grown-up girl?
-Mmmm... A man.

Cuando alguien quiere diluir las categorías de hombre/mujer/transgénero, homosexual/heterosexual/polisexual... me siento ofendida en mi identidad de mujer homosexual. Influida por cierto radicalismo lesbiano y feminista de los años sesenta y setenta, no puedo evitar sentir que el borrado que algunxs teóricxs queer tratan de hacer sobre mi identidad, no hace más que invisibilizar las raíces de las discriminaciones que puedo/podemos sufrir.

Por otro lado, cuando en mi entorno se acepta la premisa de las diferencias biológicas insalvables entre las categorías de hombre/mujer, también me siento ofendida, algo que me ocurrió con lo sucedido, y ya comentado, en el IV Congreso Internacional de Feminismo Islámico.

Supongo, entonces, que lo importante para mí es la instrumentalización de las identidades políticas. Mi autodesignación de mujer no se basa en la identificación con un grupo por motivos biológicos, sino en la autodeterminación de una comunidad de individuos que sufren una discriminación concreta. Asocio la disolución de esa etiqueta de "mujer" al presupuesto de que esa discriminación concreta ya no existe, hecho con el que no estoy en absoluto de acuerdo.

Entiendo que las identidades políticas tienen el problema de que, a veces, corremos el riesgo de creérnoslas y convertir la instrumentalización en fin en sí mismo. Entiendo, asimismo, que la reafirmación de la identidad de mujer puede confundir a quien te escucha, que puede terminar relacionándolo con diferencias de base entre las categorías de hombre y mujer. Entiendo que es difícil defender que partamos de las categorías hombre/mujer para que, cuando el debate avance, retrocedamos y olvidamos lo aprendido para continuar con una perspectiva genderqueer.

Al mismo tiempo, comprendo perfectamente la postura de mujeres lesbianas feministas que, como Beatriz Gimeno en España, comprenden la identidad lesbiana como una opción política, independientemente de que haya o no sido mi caso (yo me autodesigné lesbiana mucho antes de conocer toda esa lucha, antes siquiera de autodesignarme mujer).

Sin embargo, esas mujeres lesbianas que no son mujeres porque no forman parte del sistema económico-político-social heterosexual, ¿pueden mantener relaciones con hombres/transgénero que también hayan decidido salirse de ese dispositivo? ¿Las lesbianas dejan entonces de ser mujeres, de ser lesbianas y se convierten en transgénero polisexuales?

Sé que este debate no es, en absoluto, nuevo. También sé que hay infinitas respuestas a estas preguntas pero que yo, ya que llevo poco tiempo sumergida en estos mundos, no conozco. Mi problema es que, siendo yo novata en este área, me convence cada texto que leo.

En principio, comparto la instrumentalización de las identidades con fines políticos/reivindicativos y comparto la creencia en que las categorías hombre/mujer y hetero/homosexual son constructos. Mi mayor problema nace, entonces, cuando me enfrento a la transexualidad o al caso David/Brenda (en français pour maman). Con esto, me cuesta aceptar definitivamente la idea de que la identidad sexual, así como la identidad de género, son constructos sociales o instrumentales.

Estoy perdida, tan perdida como Margaret, protagonista de Uniformadas.


Las lesbianas no son mujeres

Llego más de treinta años tarde pero, como mientras lo leía en el tren tenía tantas ganas de levantarme de mi asiento y aplaudir, no puedo evitar citar uno de sus enunciados más polémicos:

¿Qué es una mujer? Pánico, zafarrancho general de la defensa activa. Francamente es un problema que no tienen las lesbianas, por un cambio de perspectiva, y sería impropio decir que las lesbianas viven, se asocian, hacen el amor con mujeres porque "la-mujer" no tiene sentido más que en los sistemas heterosexuales de pensamiento y en los sistemas económicos heterosexuales. Las lesbianas no son mujeres.

Éste (y otros tantos de sus ensayos) es uno de los ejemplos de que es posible sorprenderse y admirarse hasta puntos totalmente insospechados con cada una de las palabras de un texto que, aun sin haber leído nunca, había estudiado tantas veces.

Cuando en 1978 finalizó su ponencia "El pensamiento heterosexual" con esta afirmación, un silencio profundo precedió a la ovación en la sala. Trasladado a un ensayo de doce páginas dos años más tarde, Wittig había revolucionado el pensamiento lesbofeminista.

(Hablar de Monique Wittig es siempre infinitamente más satisfactorio que hablar de los últimos acontecimientos políticos sucedidos en el Estado español. Se equivoca el señor Zapatero. Nunca viene mal recordar este magnífico artículo de Ignacio Escolar).