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Being


Zanele Muholi (Umlazi, Sudáfrica, 1972) es fotógrafa y activista por el empoderamiento de las mujeres. En su colección Being retrata a lesbianas negras sudafricanas (lamento traducir sin el nivel para hacerlo, pero todo sea por la mamma):

A partir de la esclavitud y del colonialismo, las imágenes sobre nosotras, mujeres africanas, han sido utilizadas para reproducir la heterosexualidad y el patriarcado blanco, y estos sistemas de poder han organizado nuestro día a día de tal forma que ahora es difícil vernos como realmente somos en nuestras respectivas comunidades. Más aún, las imágenes que vemos se sustentan en binarismos que nos han sido constantemente dictados (hetero/homo, hombre/mujer, africano/no-africano). Desde que nacemos, nos enseñan a interiorizar sus existencias, a veces olvidando que si los cuerpos están conectados, conectando, la sensualidad va más allá de conceptualizaciones simplistas sobre género y sexualidad.
A pesar de que, a diferencia de la mayor parte de los estados africanos, nuestra Declaración de Derechos nos garantiza protección legal contra la homobia, no hay fotografías cariñosas, íntimas, de lesbianas negras. Como artista visual, una siempre está confrontada con las políticas de la representación. Tengo la opción de retratar a mi comunidad de una manera que nos convierta otra vez en ese producto para el consumo por el mundo exterior, pero también la de crear un cuerpo de significación que sea bienvenido por nosotras como comunidad de mujeres queer negras. Elijo el último camino, porque es a través de la captura del placer y erótica visual de mi comunidad que nuestro ser se va a ver con claridad, en la conciencia nacional y en la comunidad. Y es a través de mirarnos a nosotras mismas como encontramos amor, risas, alegría que puede preservar nuestra fuerza y recobrar nuestra salud según nos movemos en un futuro que todavía está tristemente lleno de amenazas e inseguridad -VIH/SIDA, crímenes de odio, violencia contra las mujeres, pobreza, desempleo.

En el último año, he perdido a dos de mis amigas de enfermedades relacionadas con el SIDA (una en abril de 2006 y otra en marzo de 2007). Ambas hicieron historia [herstory] en la comunidad lesbiana, pero sus historias no fueron celebradas públicadas. En consecuencia, una faceta de estas imágenes es crear conciencia sobre cómo nosotras, como lesbianas, necesitamos tomar precauciones cuando nos relacionamos sexualmente con otras mujeres. Lxs investigadorxs perpetúan rutinariamente la noción incorrecta de que tenemos menor riesgo de infección y transmisión porque no nos acostamos con hombres. Pero la realidad es que nuestras hermanas y compañeras [fellow sistahs] son violadas y asesinadas en este país todos los días. Quería fotografiar a 'mi gente' antes de que no quedemos ninguna.

Sus fotografías huyen de la figura de víctima a la que se somete a las lesbianas sudafricanas. Su situación no es para nada buena: la plaga de las violaciones correctivas sigue en aumento (sólo en Ciudad del Cabo se producen diez de estos crímenes a la semana); una señal más de que la situación legal (el matrimonio homosexual es legal desde 2006) no es para nada el indicativo del respeto a las personas LGTB+ en una comunidad. Recomiendo también este artículo, a través del que he conocido a la fotógrafa.


Acoso callejero


En Líbano, un grupo de activistas feministas han lanzado una Web desde la que denunciar el acoso en las calles. En Egipto, seis personas han lanzado el HarassMap, un mapa en el que se marcan los lugares en los que se sufre acoso sexual, en forma de silbidos, toqueteos, miradas lascivas (no sé de qué otra manera traducir ougling), comentarios, llamadas, exhibicionismo, expresiones faciales... incluso agresiones y violaciones.

Fue precisamente en Egipto donde corrió como la pólvora un e-mail con la imagen de la cabecera: No puedes pararles. Pero puedes protegerte. Tu creador tiene tu propio interés en el corazón. Bajando en el mapa llegamos al famoso 'condón femenino dentado' de Sudáfrica, un artilugio que se coloca la mujer como un tampón y que, si es penetrada, se adhiere dolorosamente al pene del hombre.

Estas dos últimas noticias me recuerdan a la declaración de ese policía canadiense cuando hablaba de seguridad personal en la Universidad de York (Se supone que no debo decir esto; pero bueno, las mujeres deberían evitar vestir como putas si no quieren ser víctimas) y que motivó las marchas de las putas.

Parece que este tipo de mandatos (ponte el velo si no quieres que te acosen, ponte dientes en la vagina para evitar que te violen, no te vistas como una puta si no quieres que te agredan...) son escandalosos. Sin embargo, ¿es muy diferente a lo que vivimos y a lo que parecemos estar acostumbradxs? El miedo a la violación te lo inculcan y lo inculcas desde muy pequeña: tus padres, tus amigas, los medios de comunicación... Está implícito en tu (re)producción como mujer.

Un miedo que te obliga a elegir las calles por las que transitas por las noches, un miedo que te obliga a elegir la ropa que te pones cuando vas a determinados sitios, un miedo que te obliga a bajar la cabeza cuando te cruzas con hombres a altas horas. Este miedo no sólo genera inseguridad y angustia, sino también responsabilidad entre las mujeres: si te acosan o si te agreden es porque no te pusiste el velo, es porque no te pusiste la vagina dentata sudafricana, es porque ibas con una falda muy corta...

No recuerdo bien las palabras (tengo el libro en casa y, nuevamente, escribo desde el trabajo) pero Virgine Despentes desdramatiza en Teoría King Kong la violación. Cuando leí ese capítulo, me pareció lo más fuerte que jamás hubiera tenido entre mis manos desde que me adentraba en el mundo de la teoría feminista. Reitero que hablo de memoria, por lo que es más cómo digerí yo sus palabras que las palabras de la propia Despentes: Hay que asumir el riesgo a la violación. Está ahí, pueden violarte, pero puedes sobrevivir a ello.

En realidad entiendo que se tomen medidas para empoderarse ante ese miedo: clases de defensa personal, por ejemplo; estar concienciadxs de las relaciones de poder que dominan la sociedad en la que vivimos... Lo que más me revienta es que no se trate de meter a los hombres de una forma activa en este juego, que no se les haga conscientes de que ellos, todos, también tienen su parte de trabajo: desde controlar sus deseos de piropear a una chica por la calle hasta tratar de hacerse visibles e inofensivos cuando comparten una calle vacía con una desconocida por la noche.

En otro orden de cosas, entender que comentarios, gestos... en la calle también son acoso y también son agresión da para otra entrada.