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De homofobia y acoso

Debatíamos sobre la homosexualidad a raíz de una alusión a ella en el libro que estábamos leyendo; varios chicos hicieron comentarios como: "es asqueroso". En el seno de la discusión, un chico admitió finalmente que se había sentido aterrado y asqueado cuando, compartiendo un taxi con otro pasajero, éste dio un paso insinuándose. Se me encendió la bombilla: "Oh", dije, "lo cojo; veo que tienes miedo porque, por primera vez en tu vida, has sido víctima de un acercamiento sexual no deseado por parte de alguien que tiene el poder de ejercer fuerza sobre ti". El chico asintió y se estremeció visiblemente. "Pero", continué, "como mujer, aprendes a vivir con ello aproximadamente desde los catorce, y entonces ya nunca para; vivimos con ese miedo cada día de nuestras vidas; cada tipo que entra al parking al tiempo que nosotras es un desconocido inofensivo o un violador en potencia; siempre". Las chicas del aula asintieron con la cabeza. Los chicos parecían verdaderamente mudos de asombro. "Así que la próxima vez que le tires los tejos a una chica piensa en ello. Es posible que, como tú en el taxi, no quiera que lo hagas". 

Andrew Sullivan: Homophobia: The fear that another man will treat you like you treat women.

La traducción es mía. Aquí está la cita original.

Es un tema que ha salido mucho en las charlas de los institutos, cuando los chicos dicen que una vez estuvieron en un local gay y no les gustó porque algún otro chico intentó ligar con ellos de forma agobiante.

También es una buena lectura un día como hoy, con todo lo que está pasando alrededor de Alicia Murillo.


Mi King

Todxs nacemos desnudxs. El resto es drag.

El sábado fui a mi primer taller Drag King (cortesía de Revista Píkara y M en conflicto). Hacía muchísimo que quería ir a uno y no era la primera vez que me travestía, pero fue mucho más que travestirse. Vendarse el pecho, abultar el calzoncillo, separar un poco las piernas, modificar el centro gravitatorio, cambiar el peso corporal de un punto a dos, relajar los hombros... Nos cortamos un mechón de pelo que, a continuación, cortamos más menudo para fabricarnos nuestras propias barbas.

Dado que mi sentirme-mujer hace tiempo que es meramente estratégico-político, pensé que no habría mucha diferencia entre ese fingir-sentirme-mujer con un fingir-sentirme-hombre, pero sí la hubo, y la fui mascando poco a poco. Fue todo muy sutil, no conseguí el tan aclamado passing (pasar por hombre), pero tampoco fue esa mi intención. Inscribí una serie de modificaciones minúsculas que consiguieron un cambio mental importante.

Por cierto, recuerdo una tontería: no tenía frío. A lo mejor Nacho tampoco es claustrofóbico ni ansioso. Creo que la timidez era de Loreto. Tiene que seguir practicando. El king engancha. Y ya no lo puedes echar. Camino al trabajo me he encontrado alternando los andares-de-chica con los andares-de-chico, cambiando a placer el centro gravitatorio de mi cuerpo. Tengo ganas de que Nacho interactúe más con el mundo. Pasando (por hombre) y pasando (por eso-es-un-chico-o-una-chica). El juego ha comenzado.

Una vez que el virus king ha sido activado en cada participante, actuará, como sospecha de género, más allá del taller extendiéndose a la vida cotidiana y provocando modificaciones en todas nuestras interacciones sociales. El saber drag king no es la conciencia de ser un imitador de la masculinidad en medio de cuerpos anónimos de hombres y de mujeres, de hombres de negocios y carteros, de madres de familia que empujan carritos, de jóvenes que pegan patadas a los cubos de basura, sino de percibir, por primera vez, a los otros, a todos ellos, como efectos más o menos realistas de repeticiones performativas descodificables como masculinas o femeninas. Al caminar entre sus cuerpos anónimos, sus masculinidades y sus feminidades (al mismo tiempo que la mía) aparecen, por primera vez, como caricaturas de las que, ellos solos, gracias a una convención tácitamente pactada, parecen no ser conscientes.
Beto Preciado, en Testo Yonqui



Medeak

El domingo publicaba Pikara Magazine una estupenda entrevista al colectivo feminista donostiarra Medeak.

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Es muy importante borrar el concepto de “dar voz”. Se trata de propiciar espacios donde las personas tomen la voz. Y con las migrantes eso es lo que ha pasado. Las Garaipen se travistieron para salir en la mani del 28-J con nosotras. Eso muestra cómo vamos permeándonos las unas a las otras, y cómo eso se refleja en el cuerpo.

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Las jóvenes hemos crecido en el discurso de la derrota, porque ya no conseguimos montar manifestaciones masivas. No podemos autovalorarnos comparándonos con los años setenta, una época en la que estaba todo el mundo en la calle y que el machismo era mucho más evidente, porque no había ni derecho a divorciarse. Que seamos una escisión de un colectivo estuvo muy mal visto, porque el feminismo clásico apuesta por el todas a la una, y no por la fragmentación. En el contexto actual, un nodo de tres tías produciendo en internet puede tener más impacto que si nos empeñamos a copiar un modelo organizativo que siempre va a terminar en fracaso. Me parece más interesante que cada una se dedique a lo que le motiva, que haya agendas múltiples, que se generen sinergias en diferentes momentos con las putas, con las hackers… Así se avanza, y no pensando que la verdad absoluta la tiene un colectivo determinado.

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Pregunta: ¿Tiene el feminismo algo que aportar en un contexto generalista como el del 15-M, que en ocasiones ha sido hostil, pero en el que también han cabido propuestas feministas?

Kattalin: En este caso me sale a mí también la tentación de decir: “Nosotras ya estábamos haciendo eso, no estáis descubriendo nada”. Sí que hay una falta de reconocimiento. ¿Ahora queréis cambiar el mundo? Yo llevo años intentándolo. El feminismo no ha calado nada en la masa. A mí, personalmente, no me apetece ponerme a explicar a unas personas que quieren cambiar el mundo que feminismo no es lo mismo que machismo. ¿Queréis hacer una revolución? Pues primero informaos. Que asuman una responsabilidad más allá de corear lemas.

Nagore: En Donostia, el 15-M representa la disidencia legítima del sistema, los niños bien que deciden salir a la calle y que sirven para que se defienda que este es un país super sano desde el punto de vista democrático, porque la gente se manifiesta. ¿Y qué es eso de no tener ideología? Un movimiento aglutinador sin ideología no es más que un montón de gente. Dicen que están cabreados, pero tendrán que explicar por qué. Cuando ha habido represión policial contra el 15-M, se han llevado las manos a la cabeza como si quienes hemos sufrido represión policial anteriormente la merecíeramos. Eso sí, que en 15-M más grandes las feministas conspiren desde dentro me parece estupendo. Aunque para mí aparece la contradicción de que estás militando en un movimiento que es la representación del heteropatriarcado.

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Hablar de sexo

Esta tarde (el trabajo es lo que tiene) he descubierto un blog estupendo: Mari Kazetari (significa algo así como Doña Periodista en euskera), de June Fernández, una de las coordinadoras de Pikara Magazine. Navegando un poco he dado con la entrada Morbosas: "En resumen, que estoy hasta el coño de que cuando hablo de sexo los hombres me transmitan lascivia".

Me acuerdo entonces de todas esas veces en las que, por hablar de sexo, me hacen sentirme una puta, con toda la carga negativa que para el interlocutor tiene ese término. Además, se le suma el reproche de ser una exhibicionista y la impresión de ser una gran experimentada. Me gusta hablar de sexo porque me gusta el sexo, no porque sea una gran experimentada ni porque sea una persona especialmente sexual. Me gusta hablar de sexo porque reivindico la necesidad de que las mujeres puedan hablen de sexo.

Recuerdo especialmente una noche en Londres. Vivía con un inglés y con un francés de unos veintiún años. Estábamos en el salón cenando con unas amigas francesas de la isla de la Reunión. No recuerdo qué chico hizo un comentario en torno a la pornografía cuando una de ellas se escandalizó, comentando que las mujeres no necesitábamos ni usábamos eso. Salté afirmando que claro que muchas mujeres consumíamos pornografía (consumir, qué verbo más curioso). El debate, entonces, no giró en torno al porno sino en torno a la masturbación y a las necesidades sexuales de hombres y mujeres.

Ninguno de los cinco presentes habían oído nunca decir a una mujer que se masturbaba y mucho menos que veía porno. Intentaban justificarlo: "Bueno, sí, algunas mujeres puede, con películas con más sentimiento y amor". Yo no daba crédito y solté una perorata sobre construcción cultural de las expectativas y prácticas sexuales, pero como toda respuesta no recibía más que caras de asombro y desprecio. No puedo imaginarme por dónde habría discurrido el debate si se hubiera dado ahora, que han cambiado en mí tantas cosas...

Pero lo peor no es la sorpresa que me llevé, sino la sensación de suciedad con la que lograron impregnarme. A estas alturas.


Itziar Ziga el 28J

También en algunas redes queer se nos ha acusado de ser violentas porque hablamos alto y de insistir en nuestro lesbianismo. Parece que en según que sectores de lucha no binaria, que juegan a la desfachatez política e insultan la inteligencia de Judith Butler o Beto Preciado al invisibilizar la dominación machista, molesta nuestra identidad bollera. Ese: a mí no me gustan las etiquetas. Como si fuéramos globos de helio. Vamos, no me jodas. Artista puede ser una etiqueta, punk puede ser una etiqueta, rubia puede ser una etiqueta, borracha puede ser una etiqueta. Bollera es una enunciación vital históricamente masacrada y oprimida desde la que muchas mujeres tenemos una posibilidad de existir sin autoboikotearnos ni doblegarnos.

En este sentido, cada vez necesito más por la vena el discurso lesbianista de las MDMA. “Cuando hablamos como bolleras radicales (asumiendo que somos multiidentitarias), nuestro único intento es poder utilizar nuestra práctica política como un instrumento importante contra el heteropatriarcado… Uno más entre las millones de estrategias antipatriarcales adoptadas desde la individualidad o desde la colectividad, y que no es mejor ni peor que el resto. Pero que sí ha sido invisibilizado por el esencialismo feminista, el movimiento LGTB y su capital rosa y esperemos que no por el movimiento trans.” Hablamos de identidades estratégicas y sobre todo, de no tener que justificarnos políticamente porque otros nunca han tenido que hacerlo.

Las feministas ya hemos comprendido con el tiempo que jerarquizar luchas no sólo prioriza a menudo a quienes más legitimidad social tienen, sino que además no nos lleva a ningún lado. No podemos ser tan estúpidas de actuar como si maricas y bolleras ya hubiéramos alcanzado una posibilidad de existir sin marcha atrás y ahora llega la hora de las y los trans. Además, no puedo con esos irritantes antagonismos victimarios en plan “yo estoy peor que tú, yo sufro más discriminación. La historia no es una línea ascendente y la palabra progreso miente. Hay que seguir identificando y combatiendo las nuevas (y no tan nuevas) estrategias de la lesbofobia y de la homofobia. Sin olvidar nunca, además, que todos los odios hegemónicos entorno al género se sustentan en la misoginia o en la fobia a lo femenino. (Igual que todos los odios hegemónicos entorno a la raza se blanden desde el supremacismo blanco).

Seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia. A no cuestionarnos unas a otras y empatizar políticamente. A no reprocharnos a nosotras mismas las alianzas que elegimos y tampoco las que no elegimos. A pedirle aliento y protección divinas a Sylvia Rivera, aquella travesti puta portorriqueña yonky sintecho guerrera y activista siempre que lanzó un tacón contra la policía el 28 de junio de 1969 en la puerta del bar Stonewall en Nueva York. Y a celebrarnos cada día no sólo por resistir y plantar cara al enemigo heterodominador, sino también por disfrutar cada minuto de estas vidas que son más nuestras porque nos las hemos ganado a pulso.



Temporada de reyes

El viernes pasado fui drag king en una fiesta de cumpleaños a la que debíamos acudir vestidxs de etiqueta. Hoy leo un artículo en Pikara Magazine sobre el tema y ayer leía este párrafo en "Desde los márgenes: prácticas y representaciones de los grupos queer en el Estado español", el primer capítulo, escrito por Gracia Trujillo, de la obra colectiva El eje del mal es heterosexual (se puede comprar o descargar):

La performance de género de un drag-king no es una mera representación escénica (para la que basta con un bigote y un traje), sino el resultado de un proceso de aprendizaje formativo determinado por una serie de circunstancias personales, materiales y sociales. Si las acciones de las dragqueen producen risas o censuras es porque ponen de manifiesto los mecanismos performativos, de repetición, a través de los cuales se produce la ficción de una relación estable entre sexo y género (Butler, 1990). Si las drag-queen parodian la feminidad entendida como «esencia» de las mujeres (biológicas), los drag-kings al reírse de la masculinidad, evidencian la férrea resistencia que existe en la cultura hegemónica a aceptar la masculinidad en términos de performance. La cuestión radica en que la masculinidad, como convención de estilos que se puede manipular, descontextualizar y deformar para provocar efectos no previstos, está asociada al poder (Halberstam, 1998). La masculinidad, en otras palabras, es el estilo del poder. Es cosa de hombres. Y al poder no le gusta que se rían de él, y menos que lo tomen al asalto. En el Estado español, esa resistencia se refleja en la poca difusión que la cultura drag-king ha tenido hasta ahora. En los últimos años, sin embargo, se han realizado varios encuentros, fiestas y talleres de drag-kings. Los drag-kings, como la cultura butch-femme, son revulsivos queer cargados de erotismo e irreverencia ante cierto feminismo normativo (y lesbófobo), ante un lesbianismo feminista horrorizado en general ante las plumas, los roles, los dildos..., ante un movimiento «gay» pulcro y normalizador, y ante una sociedad que insiste en ver a las minorías sexuales como simples copias defectuosas del modelo heterosexual.
Gracia Trujillo