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De esencias y constructos

En la comprensión de las identidades sexuales (homosexualidad, heterosexualidad, bisexualidad, polisexualidad, omnisexualidad, asexualidad...) el debate ha girado entre el esencialismo y el construccionismo. Nunca había leído un alegato coherente en defensa del esencialismo hasta que llegó a mis manos Female Homosexuality in the Middle East: Histories and Representations, donde Samar Habib intenta trazar un continuo reconocible de identidad lesbiana a lo largo de la historia de oriente medio.

Creo que es bastante obvio que mi concepción es construccionista, y me gusta mucho lo que dice David Halperin sobre esto en San Foucault:

Esto no quiere decir que la homosexualidad sea irreal. Por el contrario, las construcciones son muy reales. Las personas viven por ellas, después de todo, y hoy en día, cada vez más, mueren por ellas. No se puede pedir nada más real que eso. Pero si la homosexualidad es una realidad, ésta es construida, una realidad social y no natural. El mundo social contiene muchas realidades que no existen por naturaleza.

Eve Kosofsky Sedgwick añade al respecto en Epistemología del armario:

Recuerdo el boyante entusiasmo con el que las académicas feministas solían celebrar el descubirmiento de que una u otra brutal forma de opresión no era biológica sino ¡sólo cultural! A menudo me he preguntado cuáles son las bases para nuestro optimismo sobre la maleabilidad de la cultura por cualquier grupo o programa. 

Cuando leo a Jasbir Puar (autora del increíble Terrorist Assemblages: Homonationilsm in Queer Times) o a precursores como Gilles Delueze y Félix Guattari, intento seguir sus textos e impregnarme de su forma de deshacer el género, la sexualidad, la raza, la identidad... A veces me gusta jugar a ello, creérmelo del todo, pero generalmente acabo por marearme. Literalmente. Qué más da que sea verdad, que sea posible, su manera de presentar a las personas. Si te mareas en cuanto lo piensas. Como la física cuántica.


Pórtate mal

Call the White House 1 (202) 456-1414 Tell Bush we're not all dead yet. (Llama a la Casa Blanca. Dile a Bush que todavía no hemos muerto todxs). Así era el cartel que diseñó el artista Donald Moffett para una de las acciones de Act Up ("Pórtate mal"), un colectivo de seropositivxs fundado en 1987 contra el tratamiento médico, mediático y social del VIH. Digo que el colectivo era únicamente de seropositivxs porque, independientemente de que sus cuerpos portaran o no anticuerpos, el VIH era una identidad política con la que jugaban todxs los integrantes del movimiento.

Nunca me había adentrado demasiado en el mundo del VIH, pese a tener compañeros de activismo muy involucrados. Entre David Halperin y, ahora, la obra sobre activismo audiovisual de Roger Hallas: Reframing Bodies: AIDS, Bearing Witness, and the Queer Moving Image, crece mi interés. Creo que, al no haber vivido el periodo traumático de los años ochenta y al haberse generado mi conciencia política en una época post-sida (no porque haya dejado de existir, sino por su lenta y forzada invisibilización aun dentro de los movimientos LGTB+), no he sido consciente nunca de la importancia de la construcción, por parte de tercerxs, delx seropositivx como estrategia homofóbica.

Precisamente ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power) se hizo con el eslogan Silencio=Muerte para llamar la atención sobre las consecuencias que tenía la falta de articulación de un discurso de empoderamiento en relación al VIH. Transcribo (y traduzco) parte del discurso que dio Vito Russo en una manifestación en Albany y en Chicago en 1988:

Así que, si estoy muriendo de algo, estoy muriendo de homofobia. Si estoy muriendo de algo, estoy muriendo de racismo. [...] Estoy muriendo del Presidente de los EEUU. Y, especialmente, si estoy muriendo de algo, estoy muriendo del sensacionalismo de los periódicos y las revistas y los programas de televisión, que se interesan por mí sólo en tanto en cuanto esté dispuesto a ser una víctima indefensa, pero no si estoy luchando por mi vida.

Si estoy muriendo de algo, estoy muriendo del hecho de que no haya suficientes hombres ricos, blancos y heterosexuales con sida como para que les importe una mierda. Ya sabéis, vivir con sida en este país es como vivir en una dimensión desconocida. Vivir con sida es como vivir en una guerra que sólo ocurre para aquéllos que resultan estar en las trincheras. Cada vez que explota una granada, miras alrededor y descubres que has perdido a más amigxs, pero nadie más se da cuenta. No les está pasando a ellxs. Ellxs caminan por las calles como si no estuvieran atravesando algún tipo de pesadilla. Y sólo tú puedes oír los alaridos de la gente y sus gritos pidiendo ayuda. Nadie más parece darse cuenta.

El resto del discurso es estremecedor. Merece la pena. Y sigue estando vigente (desgraciadamente) más de veinte años después.

[Y una grata sorpresa buscar información sobre Act Up y encontrarse con un artículo (PDF) sobre actiVIHsmo audiovisual escrito por quien fuera mi tutora del fin de carrera].


Estrategias antihomofóbicas


Me estoy leyendo el recomendadísimo San Foucault: Para una hagiografía gay, de David Halperin. Como en tantas obras, destacaría infinitos fragmentos, pero me voy a quedar con sólo un detalle (por ahora). El autor trata de recopilar una serie de estrategias antihomofóbicas, y una de ellas es la apropiación y la teatralización (pp. 70-71 de la edición enlazada):

Un ejemplo de este procedimiento lo dio el diario gay de San Francisco Bay Times en su respuesta al infamante número de Newsweek (21/6/93) consagrado a las lesbianas. El artículo de Newsweek había presentado el lesbianismo a sus lectores, supuestamente heteros, como un fenómeno interesante aunque problemático, que podía ser tolerado socialmente pero dentro de límites estrechos (la fórmula "los límites de la tolerancia" ha sido una típica presentación de los informes del Newsweek sobre la homosexualidad). El artículo proveía también un breve glosario con términos técnicos, tales como butch y femme, a fin de ayudar a que sus lectores adquiriesen familiaridad con las características elementales, aunque arcanas y exóticas, del lesbianismo. El Bay Times respondió diez días después con una parodia. Se retrató en la tapa a una publicación llamada Dykeweek (Semanario Tortillero), imaginando que era una revista semanal dirigida a un público de lesbianas que podían tener curiosidad por los ritos sexuales bizarros de los heterosexuales. También daba una visión de devastadora precisión y maravillosamente alienada de los roles heterosexuales a través de su glosario, que contenía términos tales como: "Esposa: tradicionalmente, la partenaire 'feminine' en una relación heterosexual, responsable de las tareas domésticas y el cuidado de los niños" o "Reproductores: heterosexuales militantes, a menudo violentos, que hacen proselitismo a fin de incitar a los jóvenes para que sigan su controversial modo de vida". De esta forma, el Bay Times sugería que la heterosexualidad, no el lesbianismo, era lo que requería ser problematizado por el tratamiento sensacionalista de los diarios. También quería destacar que la distribución de roles, la polarización de los géneros y las asimetrías de poder son esenciales en las relaciones heterosexuales, y que ellos los toman más en serio que las lesbianas más butch o femme (en la medida en que los ven no como distribución de roles, polarización de géneros y asimetrías de poder, sino como los hechos naturales de la vida). Tal respuesta, en vez de comprometerse con el contenido de las afirmaciones del Newsweek, teatraliza sus estrategias.